






Aproveché la mañana del lunes para pasear por su calles coloniales y admirarme una vez más de la arquitectura de sus edificios religiosos e institucionales, así como de las muchas edificaciones privadas llenas
de encanto y colorido.
Siempre que visito esta isla lo primero que hago es darme una vuelta por su mercado municipal, como cuando me desplazo a otras grandes ciudades y pueblos. En estos templos de la alimentación y sus cafeterías y bares anexos encuentro lo mejor y la esencia del ser y forma de vivir y pensar de sus ciudadanos. Es un jugo y esencia imprescindibles para conocer mejor a un pueblo y a sus gentes, y el de La Palma, es un pueblo culto, amable, emprendedor, cariñoso, trabajador y con una agradable musicalidad en su forma de hablar que me conecta directamente con Suramérica, adónde ha sido tradicional la emigración canaria, a esas tierras de promisión y oportunidades.
Dejo testimonio, con estas instantáneas, de este paseo otoñal por una de las islas mejor conservadas del Archipiélago Canario.
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